lunes, 14 de mayo de 2018

Crítica a la razón pura

Es habitual informar, y no solo a tus más allegados, de tus planes o proyectos cuando estos superan la categoría de deseo y están prestos a convertirse en realidad. Uno se pone en el mundo de esta manera, se sitúa comunicando adonde quiere ir a parar, señalando las metas, publicando los miedos por si alguien te ayuda a achicarlos de alguna manera, aunque sea con su aliento. No obstante, no se pierde demasiado tiempo mareando utopías por el temor a quedar como un incauto, un desequilibrado o, peor aún, un iluminado. Eso se aprende pronto: la primera vez que, normalmente de joven, decides compartir una paja mental, el otro, si te tiene en alguna estima, te baja al piso de la manera más educada posible; entonces a ti se te quitan las ganas para los restos de alucinar en altavoz. 

Ayer tuve la suerte de unirme a cuatro cordobesistas con alguna cicatriz en el currículum. Hacía un día luminoso, con una temperatura perfecta y todos estábamos en buenas condiciones, excepto uno que sufría la resaca de una boda de la que fue recuperándose sin más problemas. En cualquier caso, todos gozábamos de lo que cualquier sicólogo definiría como de una salud mental estable. Bueno, pues a pesar de estar probado todo lo que ya llevo escrito, resulta que nos tiramos un mínimo de dos horas de carretera elucubrando lo que iba a pasar en las tres últimas jornadas. Hicimos centenares de cuentas en las que todo podía ocurrir dependiendo del optimismo de matemático particular, pero lo realmente inquietante o reseñable es que la inmensa mayoría de los cálculos se hicieron con el supuesto de que el Córdoba, que en esos momentos iba el vigésimo clasificado de los veintidós, que no sale del descenso desde que entró en otoño; iba a ganarle al Rayo Vallecano, primer clasificado. Supuesto, repito, no utopía, por tanto. Ateniéndonos a la aritmética solo deberíamos haber gastado un tercio de nuestro tiempo en la hipótesis de la victoria, pues eran igual de probables el uno y la equis; y no hablemos si hubiéramos decidido contar con el pasado reciente, o no tanto, que el fútbol desconoce o solo recuerda con los elegidos, entre los cuales es evidente que no está el Córdoba. Pero allí no se trabajó, o si se hizo fue durante escasos segundos, ningún balance que no incluyera la victoria del Córdoba. Se puede pensar que lo que no queríamos era perder tiempo ni neuronas, porque la derrota y el empate nos mataba y los muertos no se entretienen con calculadoras. Pero estoy convencido de que todos los que viajábamos en ese coche sabíamos que el Córdoba iba a ganar de esa forma en la que se saben las cosas por las que uno no apostaría ni un céntimo.

Lo que ya no esperaba nadie cuyo cerebro se acerque a funcionar fue que el Córdoba fuese claramente mejor que el Rayo, aunque esto importe poco. Que los de, ayer, horrible fosforito se sobrepusieran a un gol tempranero, que adoptaran gustosamente el balón abandonado por el líder y que el partido estuviera siempre, siempre, donde quiso el visitante. Cuando Guardiola culminó la remontada, el Córdoba entregó la pelota sonriente, como el que entrega un regalo preciosamente empaquetado pero vacío. El Rayo la cogió como se coge la caca de un perro, con asco e intentando no mancharse las manos. Qué les voy a contar de lo que pasó después. Más que un barrio, Vallecas parecía una granja de encelados pavos reales blanquiverdes. A veces pienso que Kant habría quemado su Crítica a la razón pura si hubiera conocido al Córdoba.

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