domingo, 6 de mayo de 2018

Aquellas pequeñas cosas

Decíamos ayer...

Hace siete años le detectaron un tumor. Al principio todos pensaron que era benigno y se le medicó como tal aunque no tenía buena pinta. Incluso le dieron el alta en verano de 2014. Parecía estar curado pero no fue así. Y tras cuatro años de caídas y recaídas, de alguna analítica esperanzadora en 2016, de dolorosas punciones, de resonancias y ecografías, de dudosa medicación y hasta de curanderos charlatanes, el diagnóstico es claro: el tumor ha mutado en metástasis. 

Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia,
pero su tren vendió boleto de ida y vuelta.

El último y revolucionario tratamiento de los nuevos oncólogos parecía haber funcionado, pero la recaída de las dos últimas semanas me hacen temer lo peor. Está muy bajo de defensas -bajísimo-, y no sabemos si aguantará las cuatro sesiones de quimio que le esperan. Si supera la primera, habrá una segunda, y así hasta la cuarta. Es muy duro y conviene estar preparados para lo peor. De nada vale lamentar que aquel médico que lo trató en 2011 no tenía ni idea. No te olvidamos, pero no en sentido literal, sino como esa frase en una corona mortuoria que los hijos del fallecido colocan con lágrimas de cocodrilo en el nicho del padre que acaba de morir... para no volver al cementerio nunca más. No te olvidamos. Púdrete.

Son aquellas pequeñas cosas
que nos dejó un tiempo de rosas,
en un rincón, en un papel o en un cajón.

Estos días de bajón han pasado por mi mente muchas pequeñas cosas, como cuando esperas de un momento a otro que un ser querido se vaya al cielo. Muchos años, muchos recuerdos, muchos partidos, mucha vida en blanco y verde. Miguel Reina, mi primer ídolo.  El coraje de Simonet. La clase de Fermín o Daniel Onega, mi Dios sin discusión. Los goles de Óscar y Ramos (o Ramos y Óscar, que siempre me lío). El regreso al infierno ante el Valladolid en aquella tarde en la que todos pensábamos que no había mañana. La vuelta a la vida en Huesca. La subida al cielo. La caída. La recaída. La nada.

Como un ladrón, te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan a su merced como a hojas muertas.

Si se va, no se irá del todo. Vivirá incapacitado, discapacitado, impedido y privado de casi todo. Malvivirá. Pero habrá que luchar mientras respire aunque sea conectado, porque la vida es de color blanco y la esperanza, de color verde. Tenemos que prepararnos para lo peor, porque será entonces cuando más nos necesite, cuando más falta le hagamos, cuando se verá de verdad quien está a su lado y quien no. Y entonces, volveremos a comprobar que somos los ocho mil de siempre, porque en esta ciudad hubo hace años un señor que se llamaba Séneca y que nos dejó marcados para siempre. Pocos y calladitos, que esto no es Sevilla. Si hay alguien que eche una mano, ya me ahorro yo el echarla.

Que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.

La vida no tiene sentido sin esas pequeñas cosas. Pensemos en ellas y agarrémoslas fuerte. Apoyemos a muerte hasta que no haya pulso. Si los médicos consiguen el milagro, bebámonos la vida en copa de balón. Y si por desgracia la quimio no hace efecto, que no nos importe en qué escenario actúa nuestro actor favorito. ¿O creéis que yo iba a perderme a Jack Nicholson si representara "Mejor imposible" en una sórdida sala de un barrio marginal cordobés? Pues eso.

Paco López-Cordón V.
@mushocordoba






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