miércoles, 6 de junio de 2018

Sálvame, el musical


Decía el señor González (González tenía que ser) en su artículo Sálvame , publicado en ABC hace unos días, que la peña en Córdoba celebraba como un triunfo la permanencia en segunda división. Bueno, él no, porque él presumía de estar exiliado de la ciudad escapando de este universo para no acabar celebrando la permanencia en la categoría de plata, enorgullecido como un afrancesado antes de que Napoleón viniera a partirnos la crisma. Se sobreentiende, por tanto, que el señor González no estaba en cola de las taquillas porque, según él, solo acudió allí la Córdoba que no lee.

Señor González, no puedo recitarle yo el ABC del periodismo, pero sí sé que para escribir de algo hay que saber de ese algo, o al menos conocerlo. En cualquier caso, lo que no puede notarse es que no se tiene ni puta idea del tema, porque entonces se queda uno con el culo al aire, lo cual a ciertas edades es un problema. Si a pesar de todo, ya sea por intrépido o por necesitado, uno sigue pulsando teclas, pues le sale un gazpacho infumable. Mezclar fútbol y política no es lo suyo, señor González, debe seguir aprendiendo de Piqué o de Jabois.

En un principio pensé que no entendía de fútbol y estuve a punto de recitarle una frase de Eduardo Sacheri que dice "Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol". Pero después descubrí que es usted culé. ¡Vaya! ¿Cómo se atreve entonces a hablarnos de un equipo sin identidad cuando el suyo tuvo que fundarlo un suizo? ¿Cómo es posible que nos hable de mediocridad cuando su equipo sigue inmerso en ella a pesar de tener la suerte de contar con el mejor futbolista de la historia? A no ser, claro, que sea la identidad política del Barcelona lo que le atrae, ya que parece que a usted le gusta independizarse de los sitios; más bien me da que lo van independizando. Es raro que un independentista colabore en ABC, pero no me negará que eso de la Córdoba que no lee tenía el mismo tufillo supremacista que destilan los escritos de Torra. No voy a decirle que es un cateto por ser de un equipo que juega a mil kilómetros de su casa, pero sepa que el fútbol visto desde el sofá es como las sombras que veían los pobres presos de la caverna de Platón. El fútbol desde la tele es como un puchero en un McDonals: un sucedáneo o directamente mentira.

Será por deformación profesional, pero no me voy a resistir a explicarle qué significó para un cordobesista (de los que leen o de los que no) la victoria del sábado, porque eso fue, una victoria y de las de guardar con cariño en la memoria vital. Me voy a permitir el lujo de generalizar sabiendo que no me equivoco mucho (yo sí sé del tema, sabe usted, llevo mamándolo desde los cuatro años) y me obligo a resumir porque quiero ponérsela cortita y al pie. El Córdoba, mi equipo, estaba herido de muerte hasta hace unos meses porque había sido abandonado por un indeseable. Está muy manida la metáfora del tumor, pero es que no encuentro otra mejor y llevo mucho tiempo buscándola. Simplemente con la extirpación de ese cáncer ya había sido una temporada exitosa para el Córdoba, fíjese con qué poco nos conformamos aquí. ¿No se conformaría usted con seguir vivo aunque su existencia fuera considerada mediocre por alguien situado algo más arriba en la escala social? ¿No celebraría un indigente su supervivencia? De eso se trató en principio: de seguir con vida. Pero es que además, mi equipo fue capaz de remontar 13+1 puntos en poco más de tres meses. La última racha de cuatro partidos ganados empezó en la casa del campeón de la división, que para su Barcelona será poca cosa como la Roma, pero para nosotros fue todo un subidón. Lo que vivimos los que estuvimos en Vallecas no lo ha disfrutado usted con el fútbol en su vida, ni va a saborearlo jamás desde su salón, se lo aseguro. Terminamos avasallando a un conjunto de los que se va a jugar el ascenso en estos días y estallamos de júbilo, claro, no podía ser de otra manera, porque, aunque usted no lo crea porque no ha visto ni un mísero partido, esta segunda división es una categoría maravillosa. Pero hubiera dado igual de haber bajado, porque los que de verdad amamos a un equipo habríamos hecho de nuevo esa cola para renovar el abono, junto con los que leen y los que no, junto a los blancos o a los negros, a los hombres o a las mujeres, a los rojos o a los azules; no importa quien esté en esa fila porque lo sientes como a un hermano, un colega con el que compartes llantos y euforias en la grada, un compañero de pasión. Quien de verdad sabe lo que es el fútbol, señor González, quien de verdad ES de un equipo de fútbol lo entiende como una religión y la religión, como seguro que le enseñaron a usted en su paso por la COPE, no se discute. No por nada decía Manuel Vázquez Montalbán que el hincha acudía al estadio como el creyente a misa, pagana, pero misa al fin y al cabo. Él sí era realmente del Barça porque entendía de fútbol, señor González, al contrario que usted. Espero que, al menos, entienda de política.

lunes, 14 de mayo de 2018

Crítica a la razón pura

Es habitual informar, y no solo a tus más allegados, de tus planes o proyectos cuando estos superan la categoría de deseo y están prestos a convertirse en realidad. Uno se pone en el mundo de esta manera, se sitúa comunicando adonde quiere ir a parar, señalando las metas, publicando los miedos por si alguien te ayuda a achicarlos de alguna manera, aunque sea con su aliento. No obstante, no se pierde demasiado tiempo mareando utopías por el temor a quedar como un incauto, un desequilibrado o, peor aún, un iluminado. Eso se aprende pronto: la primera vez que, normalmente de joven, decides compartir una paja mental, el otro, si te tiene en alguna estima, te baja al piso de la manera más educada posible; entonces a ti se te quitan las ganas para los restos de alucinar en altavoz. 

Ayer tuve la suerte de unirme a cuatro cordobesistas con alguna cicatriz en el currículum. Hacía un día luminoso, con una temperatura perfecta y todos estábamos en buenas condiciones, excepto uno que sufría la resaca de una boda de la que fue recuperándose sin más problemas. En cualquier caso, todos gozábamos de lo que cualquier sicólogo definiría como de una salud mental estable. Bueno, pues a pesar de estar probado todo lo que ya llevo escrito, resulta que nos tiramos un mínimo de dos horas de carretera elucubrando lo que iba a pasar en las tres últimas jornadas. Hicimos centenares de cuentas en las que todo podía ocurrir dependiendo del optimismo de matemático particular, pero lo realmente inquietante o reseñable es que la inmensa mayoría de los cálculos se hicieron con el supuesto de que el Córdoba, que en esos momentos iba el vigésimo clasificado de los veintidós, que no sale del descenso desde que entró en otoño; iba a ganarle al Rayo Vallecano, primer clasificado. Supuesto, repito, no utopía, por tanto. Ateniéndonos a la aritmética solo deberíamos haber gastado un tercio de nuestro tiempo en la hipótesis de la victoria, pues eran igual de probables el uno y la equis; y no hablemos si hubiéramos decidido contar con el pasado reciente, o no tanto, que el fútbol desconoce o solo recuerda con los elegidos, entre los cuales es evidente que no está el Córdoba. Pero allí no se trabajó, o si se hizo fue durante escasos segundos, ningún balance que no incluyera la victoria del Córdoba. Se puede pensar que lo que no queríamos era perder tiempo ni neuronas, porque la derrota y el empate nos mataba y los muertos no se entretienen con calculadoras. Pero estoy convencido de que todos los que viajábamos en ese coche sabíamos que el Córdoba iba a ganar de esa forma en la que se saben las cosas por las que uno no apostaría ni un céntimo.

Lo que ya no esperaba nadie cuyo cerebro se acerque a funcionar fue que el Córdoba fuese claramente mejor que el Rayo, aunque esto importe poco. Que los de, ayer, horrible fosforito se sobrepusieran a un gol tempranero, que adoptaran gustosamente el balón abandonado por el líder y que el partido estuviera siempre, siempre, donde quiso el visitante. Cuando Guardiola culminó la remontada, el Córdoba entregó la pelota sonriente, como el que entrega un regalo preciosamente empaquetado pero vacío. El Rayo la cogió como se coge la caca de un perro, con asco e intentando no mancharse las manos. Qué les voy a contar de lo que pasó después. Más que un barrio, Vallecas parecía una granja de encelados pavos reales blanquiverdes. A veces pienso que Kant habría quemado su Crítica a la razón pura si hubiera conocido al Córdoba.

domingo, 6 de mayo de 2018

Aquellas pequeñas cosas

Decíamos ayer...

Hace siete años le detectaron un tumor. Al principio todos pensaron que era benigno y se le medicó como tal aunque no tenía buena pinta. Incluso le dieron el alta en verano de 2014. Parecía estar curado pero no fue así. Y tras cuatro años de caídas y recaídas, de alguna analítica esperanzadora en 2016, de dolorosas punciones, de resonancias y ecografías, de dudosa medicación y hasta de curanderos charlatanes, el diagnóstico es claro: el tumor ha mutado en metástasis. 

Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia,
pero su tren vendió boleto de ida y vuelta.

El último y revolucionario tratamiento de los nuevos oncólogos parecía haber funcionado, pero la recaída de las dos últimas semanas me hacen temer lo peor. Está muy bajo de defensas -bajísimo-, y no sabemos si aguantará las cuatro sesiones de quimio que le esperan. Si supera la primera, habrá una segunda, y así hasta la cuarta. Es muy duro y conviene estar preparados para lo peor. De nada vale lamentar que aquel médico que lo trató en 2011 no tenía ni idea. No te olvidamos, pero no en sentido literal, sino como esa frase en una corona mortuoria que los hijos del fallecido colocan con lágrimas de cocodrilo en el nicho del padre que acaba de morir... para no volver al cementerio nunca más. No te olvidamos. Púdrete.

Son aquellas pequeñas cosas
que nos dejó un tiempo de rosas,
en un rincón, en un papel o en un cajón.

Estos días de bajón han pasado por mi mente muchas pequeñas cosas, como cuando esperas de un momento a otro que un ser querido se vaya al cielo. Muchos años, muchos recuerdos, muchos partidos, mucha vida en blanco y verde. Miguel Reina, mi primer ídolo.  El coraje de Simonet. La clase de Fermín o Daniel Onega, mi Dios sin discusión. Los goles de Óscar y Ramos (o Ramos y Óscar, que siempre me lío). El regreso al infierno ante el Valladolid en aquella tarde en la que todos pensábamos que no había mañana. La vuelta a la vida en Huesca. La subida al cielo. La caída. La recaída. La nada.

Como un ladrón, te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan a su merced como a hojas muertas.

Si se va, no se irá del todo. Vivirá incapacitado, discapacitado, impedido y privado de casi todo. Malvivirá. Pero habrá que luchar mientras respire aunque sea conectado, porque la vida es de color blanco y la esperanza, de color verde. Tenemos que prepararnos para lo peor, porque será entonces cuando más nos necesite, cuando más falta le hagamos, cuando se verá de verdad quien está a su lado y quien no. Y entonces, volveremos a comprobar que somos los ocho mil de siempre, porque en esta ciudad hubo hace años un señor que se llamaba Séneca y que nos dejó marcados para siempre. Pocos y calladitos, que esto no es Sevilla. Si hay alguien que eche una mano, ya me ahorro yo el echarla.

Que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.

La vida no tiene sentido sin esas pequeñas cosas. Pensemos en ellas y agarrémoslas fuerte. Apoyemos a muerte hasta que no haya pulso. Si los médicos consiguen el milagro, bebámonos la vida en copa de balón. Y si por desgracia la quimio no hace efecto, que no nos importe en qué escenario actúa nuestro actor favorito. ¿O creéis que yo iba a perderme a Jack Nicholson si representara "Mejor imposible" en una sórdida sala de un barrio marginal cordobés? Pues eso.

Paco López-Cordón V.
@mushocordoba