martes, 10 de enero de 2017

Ir al Arcángel o no. That is the question.

Aunque a algunos les cueste creerlo, hubo un tiempo en que no existían las redes sociales. Cuando Doña Herminia, la suegra de Antonio Alcántara, aún seguía en su pueblo y no se había acoplado en casa ajena -"¡Me cago en la leche, Merche!", disfrutábamos del bendito regalo de la intimidad. 

Casi nada era público y casi todo, privado. Era, incluso, complicado, que tus amigos supieran de ti. No existía la tarifa plana y cada llamada telefónica costaba pasta; y, si aún eras soltero, reprimenda paterna. "¿Para qué llamas si os vais a ver en la calle?". Y, a su manera, te mandaba allí, a la puta calle, a ver si te cruzabas con algún amiguete. Porque la gente se dividía entre tu charpa y el resto del mundo. Ni seguidores, ni followers ni hostias. Amigos o no. Punto y final.

Y llegaba un partido de fútbol. Y la gente iba o no iba. Nada que ver con el protocolo actual: Selfie en la cola de la taquilla, foto con la ristra de entradas y el resto de la peña, tuit con instantáneas del perol de hermanamiento, vídeo con el himno en Youtube, popurrí de absurdos gestos con el césped de fondo en Instagram, impresiones de final de partido en Facebook, etc., etc....

En aquellos ¿prehistóricos? tiempos, no había que dar cuenta a nadie de si habías ido o no al fútbol. De vez en cuando aparecías en alguna de las infames fotos que publicaba La Hoja del Lunes y te sentías orgulloso de que ese punto borroso eras tú. Pero eso no distorsionaba esa bendita privacidad.

Miércoles. Siete de la tarde. Nuevo Arcángel. Copa del Rey. Centenares, miles de aficionados llevan días anunciando si van o no van al partido, en una especie de declaración de intenciones. Esgrimiendo razones para hacerlo o no. Algunos, arengando al personal en plan Braveheart. Otros, erre que erre, que sus santos cojones no pagan cinco euros para ver al Alcorcón; que si yo soy más cordobesista que tú, que te quedas en el brasero; que si seguro que si fuera el Madrid habrías pagado no cinco sino cincuenta y cinco; que si no es cuestión de dinero sino de dignidad; que si el equipo no ilusiona, que si la puta hora, que si la copa es un lastre, que si....

Que cada cual haga lo que le dé la gana. Ir al estadio, pasar frío y posiblemente un mal rato, o quedarse en casa, viéndolo en la tele, bebiendo un cubata y rascándose la hueva morena por debajo del pijama (o esquijama). No seré yo quién intente convencer a un cordobesista que vaya a ver al Córdoba. Es surrealista. En todo caso, lo intentaría disuadir de que me acompañara a ver un Celta-Osasuna. Sería bastante más lógico.

Las redes sociales nos acorralan hasta el punto de tener que hacer públicos nuestros actos, justificarlos y debatir con quién no está de acuerdo con ellos. Bendita la época en la que eso no ocurría. Que nadie me quite la libertad de hacer lo que me salga de mis gónadas sin dar explicaciones de por qué lo hago. Que nadie me consienta que intente evangelizarlo para una causa, sea la que sea. Y, por último, que a nadie se le ocurra darme consejos. Yo sé equivocarme sólo.

Mañana nos vemos. O no. 

Paco López-Cordón Verde
@mushocordoba


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