lunes, 9 de enero de 2017

Coleccionar recuerdos

Hace muchos años que me convencí de que el Córdoba es más importante para mí que viceversa. No es que yo no haya contribuido, se entiende: llevo pagando sin falta abonos y suplementos desde hace décadas, aportando mi hálito desde la grada —cuando me sale y no me riñe mi vecino  o desde allá donde esté. Mis granitos de arena no han sido más que unas gotas de gasolina a un vehículo pintado de blanquiverde que necesita cientos de litros al día, en el que mi modesto aporte no deja de ser despreciable, diluyéndose irremediablemente. El Córdoba sería lo mismo si yo nunca hubiera entrado en el Arcángel o si, el día en el que lo hice, hubiera decidido que una y no más.

No obstante, yo no sería el mismo sin el Córdoba. Sin tantos recuerdos, sin tantas sensaciones. Sin haber probado tantas hieles y alguna ambrosía que valió por mil. Mi vida sería más gris, más aburrida y monótona si no fuera cordobesista, sin haber vivido esas épocas de pasión en las que el próximo partido o el siguiente viaje gobernaba mis pensamientos por encima de estudios, trabajo, novias o incluso hijos. Tengo la ligera esperanza de que esta eliminatoria dejará un poso en mi memoria, una muesca, una historia más que contar entre cordobesistas con una cerveza delante o detrás. No hace falta ganar la Copa para que ocurra: el choque de Málaga no se nos olvidará y fueron unos simples dieciseisavos. Yo he aprendido que se trata de eso, de coleccionar recuerdos. Estaríamos apañados los cordobesistas si tuviéramos que esperar a grandes citas. Esas están reservadas solo para unos pocos y nosotros no caímos en el lado soleado. 

El equipo no apasiona y por tanto no magnetiza a la masa. Ni siquiera es capaz de atraer a los suyos. Es evidente que transitamos por un valle en la serpenteante relación de amor/odio que tenemos los cordobesistas con nuestro equipo. La última vez que llegamos a cuartos yo pasaba por una época de descreimiento y abulia, y me ausenté. Ni estuve en octavos ante el Mallorca y tampoco presencié los cuartos ante el Figueras. Ahora me apena haber estado lejos en esos momentos, no recordar nada más que el resultado. Afortunadamente otros cordobesistas me relataron que Pepe Murcia puso un equipo de suplentes y aquello se nos escapó. Pero yo tenía que haber estado allí: todo es más etéreo y menos valioso si te lo cuenta otro. No te marca, no deja recuerdo lo que no vives. 

Todos los motivos que enumeran algunos de mis amigos para dejar huérfana su localidad son intachables. La hora, el suplemento, la canalla que guía a la SAD, el frío y, la que yo considero más trascendente, lo poco que muestran los futbolistas en el campo. Yo, por mi parte, siento que tengo que estar y nunca me he arrepentido de dejarme llevar por mi instinto, ni siquiera en las más amargas derrotas como la del Fabril aquí o la de Gerona no hace tanto; y me he lamentado siempre cuando sentí que mi sitio estaba en el estadio y me fue imposible vivirlo in situ: la Rosaleda fue el último ejemplo, pero Pontevedra, Albacete (el día del gol de Acciari), Cornellá o Almansa son otros. Estaré por mí, con la ilusión de almacenar un recuerdo más en un baúl tan importante en mi vida como es mi Cordobesismo. Nos vemos mañana o en cuartos. O mejor: nos vemos mañana y en cuartos.

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