viernes, 31 de marzo de 2017

UN DÍA MENOS

01 de abril del año del Señor de 2017. 29 días después de que el CCF tuviera conocimiento de mis alegaciones, y 9 días después de que se les agotara el plazo que ellos mismos se habían impuesto para contestarlas.


Me he pasado la vida pensando que siempre hay que ir de frente, y que ampararse en el anonimato era de cobardes. Pero igual me equivocaba. Me hago permanentemente una pregunta: supongamos que en vez de firmar mis tuits como Paco López-Cordón V. lo hiciera como "abonado hasta los cojones" o "cordobesista quemado". ¿Tendría el CCF suficientes argumentos para conseguir que la Policía les diera datos sobre mi IP, y, por lo tanto, sobre mi identidad? Los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado están para otros menesteres y no para rabietas infantiles de niñatos en plan "ahora me chivo a mi papi". ¿O no? Yo lo tengo claro. Y la autoridad competente con quien he consultado, también.

Me he pasado la vida pensando que la justicia existía, y que los dictadores eran seres que sólo existían en países lejanos. Pero igual me equivocaba. Reyezuelos que aún se creen con derecho de pernada. Señores feudales o señoritos a caballo o con Mercedes, Atilas de pacotilla, Corleones de la vida ocultos en la impunidad de un cristal oscuro, mala gente, carne de fin de vida en soledad. Personajillos de los que nadie se acordará cuando cierren el ojo.

Me he pasado la vida pensando que los okupas eran gente sin recursos, sin techo, sin un billete de 20 euros en el bolsillo. Pero igual me equivocaba. Los hay ricos disfrazados de Robin Hood sin vergüenza. Sin ninguna vergüenza. Gente que se ofende porque no alcanzan a comprender por qué el resto del mundo va en dirección contraria. Gente que llora ante los propietarios del edificio okupado pidiendo que convenzan a la humanidad que dejen de criticarlos y les den su nombre a una calle, a una glorieta, a un parque infantil, a un estadio municipal.

Me he pasado la vida pensando que había que ser digno hasta cagando. Pero igual me equivocaba. Porque hay gente que no conoce qué significa esa palabra, y siguen arrodillándose ante los poderosos, con felaciones dignas de peli de Rocco Siffredi. Por un puñado de dólares. Por un puñado de euros. Por una caricia en el lomo. La voz de su amo.

Me he pasado la vida pensando que había que ir de frente, que la justicia existía, que los okupas eran gente sin recursos y que lo mejor de un hombre es la dignidad. Y no estaba equivocado. Y voy a seguir haciéndolo. Aunque me cueste seguir a mi equipo por la tele. Porque podrán quitarme mi abono, pero nunca, nunca, nunca, podrán hacer que renuncie a mis principios, ni que renuncie, por más que me lo estén poniendo a huevo, a ser cordobesista.

Gritad, gritad, malditos, en ese minuto 54, para que un día, los prepotentes se vayan y no vuelvan, para que los palcos vuelvan a ser abiertos y transparentes, para que se homenajee -y no se putee-, a quiénes vistieron nuestra camiseta años atrás, o para que se les rece y se les llore cuando se vayan al cielo, para que los bombos vuelvan a sonar con sol o con nubes, para que los peroles sean abiertos y no restringidos, para que las iniciativas de unión del cordobesismo sean positivas y no tramas conspiratorias, para que no seamos el choteo del resto de España, para que la crítica sea un derecho democrático, para que esta película gore acabe pronto.

Su silencio no hará que me contagie. Más bien al contrario. El yayo ha salido rebelde. Es lo que hay. El día que cambie, dadme un par de hostias. Lo tendré merecido.

Un día menos para que salga ese AVE sin billete de regreso. Un día menos.

Paco López-Cordón V.
@mushocordoba

martes, 28 de marzo de 2017

Historia de un Burofax



"A los verdugos se los reconoce siempre. Tienen cara de miedo.” Jean-Paul Sartre

Podría titular este escrito "Crónica de surrealismo futbolero", "Cortinas de humo" o "Los últimos estertores", pero descarté todos ellos por resultar demasiado tendenciosos. Voy a intentar ser lo más objetivo posible y, algo muy importante para los escépticos: Dispongo de pruebas de todo lo que aquí escribo. Vamos a ello:
 
Recibo un Burofax del CCF en el que se me comunica "que se procede desde este momento, de forma cautelar hasta la resolución definitiva del expediente, a prohibirle el acceso a los eventos deportivos del Club, suspendiendo temporalmente su abono".
 
En dicho Burofax se indica igualmente: "se le concede un plazo de 10 días naturales a partir de la recepción de esta notificación para que pueda formular las alegaciones que estime oportunas de cara a la defensa de sus derechos. Durante ese plazo podrá examinar el contenido del expediente".
 
El Burofax viene con firma ilegible, remitido por la "Secretaría Comité de Disciplina Social", pomposo nombre que denota el vano intento de grandilocuencia de algunos.

Importante es reseñar que se me imponen medidas cautelares (se me considera culpable de entrada), por tres tuits publicados la noche del 31 de enero, es decir, 24 días antes de la recepción del Burofax. Debieron ser muy graves para la prisa que se dieron en escribirme. Es decir, se me abre un Expediente en el que -al menos en teoría-, se me puede sancionar. Ese matiz hace mucho más grave la adopción automática de esas medidas cautelares.
 
Me desplazo con mi escrito de alegaciones (nueve folios, por cierto), a la sede del CCF en horario de oficina, donde se me indica que, a esa hora (19:30 h.), no hay nadie en Secretaría. Me informan que, al día siguiente, a las 09:00 de la mañana, habrá alguien para la recepción de mi escrito.
 
Vuelvo a las oficinas del CCF a entregar mis alegaciones. Allí se me dice que ellos no pueden firmarme y sellarme la copia (como justificante de la entrega de mi original), porque "nosotros no somos la administración". Ante mi sorpresa e incredulidad, les vuelvo a insistir porque lo surrealista de la respuesta me hacía pensar que era una cámara oculta, y vuelven a darme la misma explicación.
 
Ante tal escenario, viendo cómo estaba el patio, y fiándome de esta gente menos que de un doberman con hambre, opto ese mismo día por enviar el escrito de alegaciones por tres medios: correo certificado con acuse de recibo, fax e email. Por lo tanto, ese día, el Club tiene conocimiento de mis alegaciones.

Esa misma tarde vuelvo a las oficinas del CCF para examinar mi expediente, dentro del horario indicado en la web oficial del Club, y me las encuentro cerradas. Se me indica en la Tienda oficial que los fines de semana sin partido en el Arcángel, se cierra desde el viernes a mediodía hasta el lunes. Un Club de Segunda División, con [presuntas] aspiraciones de ser de Primera. Con dos cojones.
 
El CCF recibe oficialmente mi escrito de alegaciones, según me consta en justificante del Servicio de Correos que obra en mi poder, por lo que, de manera oficial, el plazo finaliza el 26 de marzo (20 días naturales) que el propio CCF dispone en su Reglamento Interno. En esa fecha, y aún hoy, no tengo noticias, a pesar de mis continuos recordatorios en redes sociales reclamándolas.

La mejor arma de la dictadura es el secreto (Niels H. D. Bohr)

  
No sé si se creen muy listos dejando pasar el tiempo pensando que éste juega a su favor, o son lo suficientemente tontos para que creer que el paso de los días hará que me ablande, les pida humildemente perdón y les reconozca que yo fui quien mató a Manolete. Tampoco sé si tienen claro qué contestar y como argumentarlo. Quizás estén buscando en Google respuestas a sus dudas. O quizás no las encuentran porque escriben Guguel y no les aparece nada.

En las Repúblicas bananeras y en los regímenes totalitarios esto sería un acto de normalidad. Pero se han equivocado de lugar o de época. Si uno aspira a ser un norcoreano de la vida fuera de los límites geográficos de esa nación, puede encontrarse con cabrones contestatarios como yo, y toca elegir entre usar la vía diplomática o sus santos cojones. Elegir esto último, siempre conlleva un riesgo.

Sigo a la espera de respuesta, y, sea cual sea, iniciaré las acciones que en derecho me correspondan para resarcirme de los daños y perjuicios que se me han ocasionado. Soy vuestro grano en el culo. Y os garantizo que tenéis una buena almorrana. Y algo importante: Nunca podré ver el partido del Alcorcón, ni el del Zaragoza, ni el del Numancia. Y eso no se paga con dinero, esa palabra de seis letras que a alguno le pone casi tanto como a mí la Pedroche.

Están en el sitio equivocado, en el club equivocado, porque en su blanco club, su nivel no les permite llegar más allá que a disponer de unas buenas localidades. Pero ojo, los tronos sobre arenas movedizas no son eternos. Al final, por generación espontánea, la poltrona se va hundiendo poco a poco, y en ese barro, la riqueza no sirve absolutamente de nada.
Hay más días que ácaros. Estar hoy arriba no presupone seguir estándolo mañana.


Pero al loro,
Que el destino es un maricón,
Sin decoro,
Te da champán y después chinchón.
(J.Sabina) 

Gente pobre. Gente que sólo tiene dinero o apariencia de tenerlo. Teatro. Lo suyo es puro teatro. Gente que sabe donde encontrarme. Siempre he ido de frente, con nombre y apellidos. Donde esté el CCF, allí estaré yo. SIEMPRE. Algo que parece simple pero que a esa gente nunca le sucederá. 

Besis, Familia.

Francisco López-Cordón V.
@mushocordoba





viernes, 24 de febrero de 2017

NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS

Recordaré el 23 F de 2017 como aquel día que, 36 años después del golpe, un objeto contundente en forma de burofax me golpeó igualmente en donde más me duele y por lo que vivo y respiro: mi hija. Esa a quien he robado del barcelonismo para convertirla a la causa en blanco y verde. Esa que calma mi hipertensión en los partidos del Arcángel. Esa que da sentido a mi vida. Esa que, la noche de marras, no comprendía que alguien hubiese reprochado a su padre un golpe en la mesa por defender a su equipo.

Recordaré el 23 F 17 como la noche de los cristales del sentido común rotos a martillazos por quienes están de paso, por los interinos que por acción u omisión aterrizaron en mi segunda casa y la okuparon.

Recordaré ese día como aquél en el que violaron mi intimidad y mi libertad de expresión. Aquél en el que se metieron en mi cama y se ciscaron en mis sábanas. 

Recordaré y no olvidaré. Os lo juro. No olvidaré y no perdonaré. 

Pero, sobre todo, recordaré el día después por tantos y tantos abrazos, mensajes, llamadas, apoyos y ánimos de gente que conozco y que no conozco. De gente que sufre, como yo, esta dictadura que ya dura demasiado. Este reality de mal gusto. De gente que sólo trata de lanzar humo sobre un campo de batalla que ellos han creado. De mala gente. 

Ni olvido, ni perdono. Pero me quedo con esa sensación de que no estoy solo. De que el cordobesismo está despertando tras tantas putadas. De que nos rebelamos ante el señor feudal. De que no somos doncellas con las que satisfacer baboseos. De que estamos hartos del derecho de pernada de una caterva de impresentables.

Gracias. Mil gracias. A todos. Y, recordad. Quien con tanta mierda reniegue del cordobesismo, que no cuente conmigo. Mi equipo está por encima de sus okupas. Pero tranquilos, nadie es eterno. Ni siquiera tú. Ni tú. Ojalá la vida te sea tan dura como te mereces.
Tu padre no va a callar ante tanta burla. Tu padre no va a arrodillarse porque nunca lo ha hecho. Como decía la canción: "vale más morir de pie que ser el bufón de un rey". 

Ladran, luego cabalgamos. Dientes, que eso les jode. Larga vida al rey. Corta vida a los reyezuelos.

Gracias. Mil gracias. 

Te quiero, Luna María. Ojalá algún día comprendas que la vida sin luchar contra la injusticia, no tiene ningún sentido.

Paco López-Cordón. 
@mushocordoba

Las cloacas del estadio

La historia nos ha enseñado que cualquier régimen totalitario dispone de una policía política, como herramienta para suprimir la sedición y tener a raya a la oposición. Desde el Comité para la Seguridad del Estado (KGB ruso), pasando por la Gestapo (III Reich alemán), el Comisariado del Pueblo para Asuntos de Disciplina Interna (NKVD soviético), hasta la franquista Brigada Político Social. El objetivo de estas organizaciones era tan simple como efectivo: expandir el terror entre la ciudadanía para que no se organizara y protestara a los círculos de poder, para que no saliera de su sometimiento. Quien quiera pasar un buen rato y, además, conocer más sobre el tema, le recomiendo encarecidamente que vea la película "La Vida de los Otros", sobre el funcionamiento de la Stasi de la RDA; o que escuche los interesantísimos podcats de "V, las cloacas del Estado", título que he cogido prestado para encabezar este texto.

A corto y medio plazo, las policías políticas eran muy efectivas. Durante las primeras etapas de estas dictaduras, estas pandas de matones hacían cundir el miedo entre el pueblo, practicando a mansalva juicios sumarísimos basados en una autoridad falaz, pero muy real, de facto. Entonces no eran necesarios los burofaxes. Uno de sus objetivos primordiales era la prensa libre, a la cual destruían y achantaban a base de amenazas y coacciones. El ciudadano solo podía "informarse" por los medios títeres manejados por el poder. La única esperanza de conocer la verdad estaba en la prensa extranjera, o en algunos pocos héroes (anónimos y no tanto) que se jugaban la vida para extender panfletos rebeldes. Otros tiraban del doble sentido, poniendo como excusa el Carnaval, pero no pocos terminaron corriendo delante de los grises.

Orwel ya nos avisaba en su profética novela 1984, que las policías políticas se convertirían en policías del pensamiento y que, ni en tu propia casa, podrías estar seguro. Siempre habría un gran hermano que practicara la vigilancia masiva y la represión política y social; y que ni siquiera en el sofá de tu hogar, en petit comité, se podía hablar sobre la represión, sobre la libertad, sobre un futuro utópico y mejor, libre de dictadores. 

Pero el orden no puede mantenerse por la fuerza eternamente. Poco a poco, humillación a humillación, los ciudadanos reordenaban su escala de valores, anteponiendo su dignidad a su seguridad. Todos estos gestos, iban creando una conciencia contra la opresión que, más tarde o más temprano, explotaba en las narices de la clase poderosa, destruyendo toda la estructura que mantenía en pie la tiranía. Cientos de alemanes, por ejemplo, terminaron tiroteados mientras intentaban saltar el muro de Berlín y huir del infierno en el que se había convertido su país. Ningún totalitarismo es eterno ni invencible y las dos Alemanias terminaron unidas en una gran y próspera nación. Si la gente fue capaz de dar su vida por su libertad y su dignidad, supongo que hubieran sacrificado también su abono.

domingo, 12 de febrero de 2017

Las marionetas

Camino de casa, otra vez asustado y apaleado, supe que Luis Carrión había dicho que era "difícil jugar con el ambiente" y que hoy era un día "para estar al lado de los jugadores, olvidarse de uno y alabar, con fallos o no, que se dejen la vida". Era la forma de nuestro entrenador de repartir el fracaso con cada uno de los que habíamos decidido que el mejor plan para la mañana del domingo, era meterse en la selva de barro que es el Arenal y arriesgarse a pillar una buena mojada por estar al lado de los que llevan nuestra camiseta; a pesar de que ya sabíamos de sobra que a lo que íbamos a asistir era a la enésima tragedia, a nuestra quincenal cita con el cementerio.

Pues no Carrión. El Córdoba no ha perdido hoy por el ambiente, ni por la falta de animación. No se ha silbado a ninguno de los jugadores, ni tampoco al entrenador. La afición hoy, y así viene siendo habitual, ha sido condescendiente con el equipo. No ha influido en el resultado, en absoluto, la protesta previa de algunos cientos ante la puerta 0. ¿Sabes lo que sí ha marcado el partido?  Anquela vio que Sastre estaba en riesgo claro de expulsión y, en el minuto 60, lo cambió por Vadillo, con el que también pretendía aprovechar la banda que tantas veces dejaba libre Antoñito. Aguza corría el mismo peligro que Sastre, porque al igual que él tenía amarilla y el árbitro ya lo había avisado/perdonado en una ocasión. Nos dimos cuenta todos Carrión. O casi, porque el que tuvo que verlo, que fuiste tú, no lo vio. Siete minutos después ocurrió lo que tenía que ocurrir: nos quedamos con diez y el partido, de facto, estaba perdido. Para más inri, fue Vadillo quién nos ajustició con el primer gol y quién nos dio la puntilla con el segundo. Así que no, Carrión. Hoy la afición no ha perdido el partido, lo has perdido tú, porque hoy era un choque tan igualado que los entrenadores tenían mucho que decir. Y el otro ha sido mejor que tú.

Y no es la primera vez, Carrión. Está claro que tu predecesor no te dejó el terreno arado, pero desde que llegaste solo has dado palos de ciego. Te empeñas en realizar un fútbol que nos va a terminar de mandar al infierno, intentando que tuercebotas como Rodas o Ramos saquen el balón jugado, una tarea irrealizable para ellos, y en la que fracasan una y otra vez en cada partido, poniendo constantemente nuestra portería en riesgo. Le diste la responsabilidad a unos canteranos que ahora has apartado y pasas jugadores desde la grada a la titularidad en menos de una semana. Tus cambios son siempre tres puñaladas a la razón. Ya decía Séneca que si no sabes hacia dónde dirigir tu barco, ningún viento te será favorable.

Así que eres cómplice Carrión, al igual que lo fue Oltra y al igual que lo es Vega. Habéis intentado vendernos la burra vieja de que tenemos una plantilla para aspirar a todo. Porque está claro que, o sois unos imbéciles, o sabéis que estáis mintiendo. Sois unos pancistas que solo buscáis amarrar la siguiente nómina, sin daros cuenta de que estáis echando a perder vuestra carrera profesional por hacerle el juego al miserable. ¿Quién va a volver a contratar a unos fracasados que descienden a un equipo hecho, en teoría, para ascender? Solo alguien que busque estómagos agradecidos, gente que no les dé problemas, puede volver a confiar en vosotros. Sois la primera línea que caerá ante la metralla. Pronto os va a ningunear haciéndoos responsables máximos del desastre, utilizándoos de escudo y ajusticiándoos en público. Es una pena que dos tipos que han vestido la blanquiverde, ayuden al máximo incapaz a conducirnos al precipicio. Hace poco decías que "soy un tío claro y con pelotas, aunque digan que soy una marioneta". Que quieres que te diga, Carrión, pero si es blanca y va en botella, suele ser leche. 

martes, 10 de enero de 2017

Ir al Arcángel o no. That is the question.

Aunque a algunos les cueste creerlo, hubo un tiempo en que no existían las redes sociales. Cuando Doña Herminia, la suegra de Antonio Alcántara, aún seguía en su pueblo y no se había acoplado en casa ajena -"¡Me cago en la leche, Merche!", disfrutábamos del bendito regalo de la intimidad. 

Casi nada era público y casi todo, privado. Era, incluso, complicado, que tus amigos supieran de ti. No existía la tarifa plana y cada llamada telefónica costaba pasta; y, si aún eras soltero, reprimenda paterna. "¿Para qué llamas si os vais a ver en la calle?". Y, a su manera, te mandaba allí, a la puta calle, a ver si te cruzabas con algún amiguete. Porque la gente se dividía entre tu charpa y el resto del mundo. Ni seguidores, ni followers ni hostias. Amigos o no. Punto y final.

Y llegaba un partido de fútbol. Y la gente iba o no iba. Nada que ver con el protocolo actual: Selfie en la cola de la taquilla, foto con la ristra de entradas y el resto de la peña, tuit con instantáneas del perol de hermanamiento, vídeo con el himno en Youtube, popurrí de absurdos gestos con el césped de fondo en Instagram, impresiones de final de partido en Facebook, etc., etc....

En aquellos ¿prehistóricos? tiempos, no había que dar cuenta a nadie de si habías ido o no al fútbol. De vez en cuando aparecías en alguna de las infames fotos que publicaba La Hoja del Lunes y te sentías orgulloso de que ese punto borroso eras tú. Pero eso no distorsionaba esa bendita privacidad.

Miércoles. Siete de la tarde. Nuevo Arcángel. Copa del Rey. Centenares, miles de aficionados llevan días anunciando si van o no van al partido, en una especie de declaración de intenciones. Esgrimiendo razones para hacerlo o no. Algunos, arengando al personal en plan Braveheart. Otros, erre que erre, que sus santos cojones no pagan cinco euros para ver al Alcorcón; que si yo soy más cordobesista que tú, que te quedas en el brasero; que si seguro que si fuera el Madrid habrías pagado no cinco sino cincuenta y cinco; que si no es cuestión de dinero sino de dignidad; que si el equipo no ilusiona, que si la puta hora, que si la copa es un lastre, que si....

Que cada cual haga lo que le dé la gana. Ir al estadio, pasar frío y posiblemente un mal rato, o quedarse en casa, viéndolo en la tele, bebiendo un cubata y rascándose la hueva morena por debajo del pijama (o esquijama). No seré yo quién intente convencer a un cordobesista que vaya a ver al Córdoba. Es surrealista. En todo caso, lo intentaría disuadir de que me acompañara a ver un Celta-Osasuna. Sería bastante más lógico.

Las redes sociales nos acorralan hasta el punto de tener que hacer públicos nuestros actos, justificarlos y debatir con quién no está de acuerdo con ellos. Bendita la época en la que eso no ocurría. Que nadie me quite la libertad de hacer lo que me salga de mis gónadas sin dar explicaciones de por qué lo hago. Que nadie me consienta que intente evangelizarlo para una causa, sea la que sea. Y, por último, que a nadie se le ocurra darme consejos. Yo sé equivocarme sólo.

Mañana nos vemos. O no. 

Paco López-Cordón Verde
@mushocordoba


lunes, 9 de enero de 2017

Coleccionar recuerdos

Hace muchos años que me convencí de que el Córdoba es más importante para mí que viceversa. No es que yo no haya contribuido, se entiende: llevo pagando sin falta abonos y suplementos desde hace décadas, aportando mi hálito desde la grada —cuando me sale y no me riñe mi vecino  o desde allá donde esté. Mis granitos de arena no han sido más que unas gotas de gasolina a un vehículo pintado de blanquiverde que necesita cientos de litros al día, en el que mi modesto aporte no deja de ser despreciable, diluyéndose irremediablemente. El Córdoba sería lo mismo si yo nunca hubiera entrado en el Arcángel o si, el día en el que lo hice, hubiera decidido que una y no más.

No obstante, yo no sería el mismo sin el Córdoba. Sin tantos recuerdos, sin tantas sensaciones. Sin haber probado tantas hieles y alguna ambrosía que valió por mil. Mi vida sería más gris, más aburrida y monótona si no fuera cordobesista, sin haber vivido esas épocas de pasión en las que el próximo partido o el siguiente viaje gobernaba mis pensamientos por encima de estudios, trabajo, novias o incluso hijos. Tengo la ligera esperanza de que esta eliminatoria dejará un poso en mi memoria, una muesca, una historia más que contar entre cordobesistas con una cerveza delante o detrás. No hace falta ganar la Copa para que ocurra: el choque de Málaga no se nos olvidará y fueron unos simples dieciseisavos. Yo he aprendido que se trata de eso, de coleccionar recuerdos. Estaríamos apañados los cordobesistas si tuviéramos que esperar a grandes citas. Esas están reservadas solo para unos pocos y nosotros no caímos en el lado soleado. 

El equipo no apasiona y por tanto no magnetiza a la masa. Ni siquiera es capaz de atraer a los suyos. Es evidente que transitamos por un valle en la serpenteante relación de amor/odio que tenemos los cordobesistas con nuestro equipo. La última vez que llegamos a cuartos yo pasaba por una época de descreimiento y abulia, y me ausenté. Ni estuve en octavos ante el Mallorca y tampoco presencié los cuartos ante el Figueras. Ahora me apena haber estado lejos en esos momentos, no recordar nada más que el resultado. Afortunadamente otros cordobesistas me relataron que Pepe Murcia puso un equipo de suplentes y aquello se nos escapó. Pero yo tenía que haber estado allí: todo es más etéreo y menos valioso si te lo cuenta otro. No te marca, no deja recuerdo lo que no vives. 

Todos los motivos que enumeran algunos de mis amigos para dejar huérfana su localidad son intachables. La hora, el suplemento, la canalla que guía a la SAD, el frío y, la que yo considero más trascendente, lo poco que muestran los futbolistas en el campo. Yo, por mi parte, siento que tengo que estar y nunca me he arrepentido de dejarme llevar por mi instinto, ni siquiera en las más amargas derrotas como la del Fabril aquí o la de Gerona no hace tanto; y me he lamentado siempre cuando sentí que mi sitio estaba en el estadio y me fue imposible vivirlo in situ: la Rosaleda fue el último ejemplo, pero Pontevedra, Albacete (el día del gol de Acciari), Cornellá o Almansa son otros. Estaré por mí, con la ilusión de almacenar un recuerdo más en un baúl tan importante en mi vida como es mi Cordobesismo. Nos vemos mañana o en cuartos. O mejor: nos vemos mañana y en cuartos.