lunes, 31 de octubre de 2016

Un futbolista de otra pasta



miércoles, 12 de octubre de 2016

Soy un miserable

Soy un miserable, me he dado cuenta. 

Soy un miserable porque siento que pertenezco a un club miserable. Una sensación de pertenencia a una empresa que siempre pensé como algo distinto, pero hoy me doy cuenta de mi imbecilidad. Animar a Coca Cola frente a Pepsi, a Mcdonalds y odiar a Burguer King. A nadie en su sano juicio se le ocurriría ir a aplaudir a los trabajadores de Apple mientras hacen sus móviles y abuchear a los de Samsung; pues resulta que eso hacemos. 

Los clubes de fútbol (muchos) han perdido la esencia, aquello que los hacían “clubes”, “equipos”, merecedores de una afición, hoy son sólo empresas, empresas miserables.




Soy un miserable porque apoyo a un club que cobra entradas de adultos a niños de meses, que prefiere el dinero a ver al equipo en la máxima categoría, que vende carnés de simpatizante que no sirven ni para ver a las categorías inferiores, que es pionero en repartir dividendos, en el que ningún jugador de renombre quiere jugar, que pretende unos terrenos para entrenar en la zona de mayor revalorización de la ciudad, que niega el pan y la sal a los aficionados que siguen al equipo fuera, y ya, la última, que para que un chiquillo se haga una foto con la plantilla hay que pagar y tener la camiseta de la temporada en curso. 

Todo muy legal, todo muy como los grandes, todo muy miserable.


Definición de la RAE de miserable:

Acepción 2: Extremadamente tacaño

Acepción 3: Extremadamente pobre

Acepción 5: Desdichado, abatido o infeliz

PD.: El que quiera que busque más acepciones

Hierón III

Hierón II gobernó la ciudad siciliana de Siracusa con mano de hierro, miles de años antes de que lo hicieran los mafiosos. Para que se hagan una idea, Vito y Michael Corleone juntos eran unos peleles al lado del sanguinario Hierón, que no dudaba en arrasar ciudades, ajusticiando a sus niños para atemorizar a las poblaciones conquistadas. Se aliaba con los romanos o los cartagineses según le convenía, sobreponiendo su cinismo y su pancismo a la idea de justicia o el interés de su pueblo. Odiaba con toda su alma a los siracusanos, que a veces se creían con derecho a exigirle pan y paz, pero sobre todo tenía una especial inquina a Arquímedes, probablemente el mejor científico de la antigüedad, al que tenía constantemente amenazado de muerte, envidioso de su inteligencia y talento. Arquímedes, vecino de Siracusa y aterrorizado durante toda su juventud, dejó de tenerle miedo al canalla cuando entendió que sus invenciones eran cruciales para las victorias bélicas de Hieron. El miedo, se llevó también el odio, y fueron sustituidos por un sentimiento tan desagradable como es el asco.

Afortunadamente, los tiranos de hoy en día tienen más difícil la utilización del terror, aunque lo destilan en pequeñas gotas contra sus acólitos, si estos deciden abrir la boca, y contra sus más débiles enemigos. Su comportamiento sigue siendo miserable y su desprecio por los niños igual de ruin. Los chiquillos, los herederos de facto de la patria, fueron proscritos y perseguidos, alejados del reino. La razón que Hieron esgrimió fue tan vil como hipócrita. Los tiranos decidieron que el circo era peligroso para los críos. El motivo real era claro: los bolsillos de los niños están solo llenos de sentimiento, pero vacíos de oro. Sin vergüenza ninguna, los tiranos han descubierto que el vil metal está en las tarjetas de sus obnubilados padres y ahora han pasado a ser, de repente, agasajados. Se les invita a soltar a sus hijos hasta la misma arena, ¡la peligrosa arena!. Eso sí, solo algunos claro, los que pueden pagar el diezmo. Los que no puedan o los que se rebelen contra este moderno derecho de pernada, seguirán siendo unos parias. 

Incluso se monta una fábrica si hace falta, y donde haga falta, para fabricar pequeños Arquímedes que poder vender cuanto antes. Mientras la industria se pone a punto, se compran y se venden, solo pensando en la riqueza presente, sin preocuparse de que sin los Arquímedes necesarios no ganaremos ninguna guerra y nuestro reino será sometido y humillado. Pero los tiranos solo piensan en sus palacios y en sus plumajes. 

Lo que no cambia es la imposibilidad del pueblo para librarse de los tiranos. Quizá en la antigüedad podía intentarse con una reunión de antorchas, pero ha quedado demostrado que esos métodos ya no sirven. El pueblo sigue sometido a las majaderías de los canallas y, poco a poco, se va cansando hasta de patalear. Muchos, los más lúcidos, llegan a maldecir haber caído en esta patria tan mal tiranizada. Da la sensación de que se van a terminar curando de esta enfermedad tan bella. Poco a poco su sentimiento de identidad se va diluyendo entre tanto hedor, entre tanta putrefacción y chabacanería. Un sentimiento que, como decía García Márquez sobre la desaparición de Macondo, era lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto pero sin acabar de acabarse jamás. Quizá sea eso lo que persigan los tiranos y quizá, con días como el de ayer, terminen consiguiéndolo.