miércoles, 14 de septiembre de 2016

Un dios bajito

Durante el paseo que dábamos por Murcia, antes del partido contra el UCAM, estuve comentando con un amigo las similitudes que había entre esta afición nuestra al fútbol y la religión. Puede que les parezca demasiado osada la comparación, sobre todo a los religiosos, pero cuanto más pienso en ello más claro tengo que esto del Córdoba es mi religión, en este caso la creencia de un ateo. Entiéndase como religión aquel sentimiento incondicional que hace que sepultes la razón, con la que yo que me gano la vida, y pongas siempre la otra mejilla como pregonan los evangelios cristianos.

Y hablando de evangelios. ¿No pidió Dios a Abraham sacrificara a su hijo para demostrarle que le honraba y este no dudó en matar a su vástago, aunque al final el todopoderoso diera marcha atrás? ¿No permitió Dios que Satán le mandara a Job terribles desgracias para probar su amor? Tanto Abraham como Job siguieron amando a Dios a pesar de los atroces sufrimientos que ambos se vieron obligados a vivir por mandato divino.

Nosotros tenemos un dios bajito que regularmente nos manda plagas. Anteayer, sin ir más lejos, tuvimos que sufrir la vergüenza nacional de escuchar como trataba de explicar la sinrazón en el tema del chiquillo de Jaén, dando como irrebatible argumento que llevaba actuando así cuatro años. Escuchamos que, aunque el presupuesto estaba cerrado, se ofrecieron cantidades millonarias por dos delanteros que, como casi todos, huyen de la divinidad megalómana que reina y gobierna nuestro club como de la peste. No hace tanto, comprobamos que el sumo hacedor había decidido dar marcha atrás a su propia decisión de llamar Juanín a la ciudad deportiva, poniéndonos en la teológica tesitura de tratar de entender como el superhombre nietzscheano podía desdecirse a sí mismo, condenándonos al bucle eterno de la duda.

Pero uno intenta olvidar los menosprecios y las groserías anteponiendo la fe. Uno procura, ante la duda, mirar el póster del milagro de Las Palmas esperando que ocurra otro antes de los famosos cuarenta años que, curiosamente, son los mismos que estuvo el pueblo siguiendo a su Moisés por el desierto. Porque, la verdad, por muy fanáticos del Córdoba que seamos, no parece que nuestro guía vaya a tener flor para volver a abrir las aguas. 


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