lunes, 16 de junio de 2014

1.111


A las afueras de Murcia hay un pueblo que se llama Patiño. Nuestro GPS quería cachondeo, supongo que aburrido de tanta autovía, y nos mandó en busca del filipino, perdiéndonos en un laberinto de casas destartaladas y urbanizaciones sin nombre. Eso sí, había decenas de avenidas Juan Carlos I (qué monárquico todo) y por todas fuimos pasando hasta dar con la que buscábamos. Nuestro hotel estaba a cien metros de el del Córdoba, unidos por un silencioso tranvía blanquiverde. Indicados por unos achos, invadimos un Burguer King como si fuera El Dorado, a las una de la madrugada del que iba a ser, aún no lo sabíamos, el día maravilloso. Una chica de Alicante repartía publicidad de un pub al que no sabía llegar. Todos coincidimos en que alguien la acompañaría pasadas unas horas. Hicimos de andaluces en un bareto mientras Balotelli trabajaba y le alegramos la noche (sic) a las dos guapas murcianas que lo llevaban. No saben en ese secarral que tres Rafaeles juntos, con permiso de un Carlitos, pueden darle vida hasta al más aburrido de los antros. Como somos muy formales nos recogimos antes de que amaneciera. Algunos se quejaron de que otros respirábamos algo fuerte. Bah, quejicas. Sin entrada en el bolsillo, este que escribe no podía estar tranquilo y embarcó en el tranvía en busca del lugar de la batalla. La ciudad y los otros compañeros, ahora sí, dormían. En la Nueva Condomina moría el tranvía, en la Nueva Condomina iba a morir el Real Murcia. Mientras las marmotas despertaban, la prensa local explotaba en euforia. Nos iban a dar la estocada, decían. Desayunamos cuatro solomillos de ternera en el Restaurante El Patio, el cual merece publicidad a pesar de cobrarnos siete euros por un plato de patatas fritas de las más normales. Empezamos a soñar con el balón con la copa de ídem delante. Siesta, ducha, blanquiverde y a vivirlo.

Como frikis quinceañeros esperamos a despedir el bus de los nuestros. El pajarillo tenía cara de no poder jugar y el calvo de que no le dejaban jugar. Los escoltamos hacia el estadio mejor que la policía. El quesito visitante reventó y hubo que abrir un segundo. No estaban todos los que son, pero eran todos los que estaban. El Sporting se entretuvo en perder su partido, minutos antes de comenzar el nuestro. En Las Palmas va a ser. No saben ustedes cómo gritábamos. Insisto, no pueden ni imaginarlo. El himno sonó en el minuto 1 y se escuchó hasta en Patiño. Claro que fue penalti y claro que fue gol. Pero nuestro. Los blanquiverdes volaban entre los asientos, se abrazaban los unos a los otros con los ojos teñidos de sangre. Hubo alguna lesión sin importancia en la celebración, algún rasguño sin dueño. Después equipo, equipo y equipo. Ni soñamos con un primer tiempo tan cómodo. El proscrito calentaba en el descanso y empezamos a jugar a entrenadores. Creo que nadie acertó que entraría delante del lateral. El negrito habilidoso volvió loca a nuestra banda izquierda y todo se nubló de pronto. Los granas habían encontrado una vía. El desterrado la cerró de un testarazo y volvimos a amarnos. El hedor a miedo y sudor de tantos años y kilómetros, se convirtió en la más dulce fragancia. Otra vez equipo, equipo y equipo. No defendían 11, defendían 1.111. El rival dio sus últimos y estériles estertores. Todo el que se marchaba, se paraba un minuto para intentar empaparse una pizca de la felicidad de esos locos. Que me disculpen si no pude besar y abrazar a alguno de esos 1.111. No fue porque no quise. Fue final al cuadrado. Queda una semana. Volveremos.

1 comentario:

  1. Podríamos hacer un libro de aventuras que se podría titular "100.000 maneras diferentes de perder la vida en 90 minutos". Unos, con 1.000 kilómetros a las espaldas, y otros, más sedentarios, pero no menos cordobesistas, buscando como locos por la red donde ver el partido y consiguiendo una dioptría más a causa de la imagen distorsionada.

    Daños colaterales que no importan. Si el fin [casi] siempre justifica los medios, en este caso, un ascenso justifica absolutamente todo, incluso esperar 42 años a conseguirlo.

    Que no se le ocurra a nadie despertarme de mi sueño. Y menos a los canarios. Me parecen pájaros de mal agüero.

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