jueves, 24 de abril de 2014

El alma de Antonio




          Aquel domingo, Antonio madrugó, pero esta vez no para jugar al fútbol. No podía. Tenía el tobillo inflamado de una mala patada en el partido del día anterior en Salesianos. Por mucho linimento del Tío del Bigote que se untaba, no mejoraba, y, además, el tufillo en casa comenzaba a ser irrespirable. Pero él quería ir al Arcángel.  Jugaba el Levante y era el último partido de liga. Su Córdoba, en la segunda temporada en Primera División, aunque ya había evitado bajar directamente a Segunda, aún podía disputar la promoción de descenso. Pontevedra, Español, Oviedo y Murcia, entretejían con los blanquiverdes una serie de posibilidades que Antonio no quería ni nombrar. Nervioso, comentaba con su padre:

-      “Papá, si ganamos no hay problemas”, decía, mirando la entrada de Gol Sur que su padre le había regalado por el notable en Ciencias Naturales.

-     “Y si no, fíjate en el Marcador Simultáneo Dardo, y vigila sobre todo el Reloj Radiant, que es el Madrid-Oviedo”, le respondía su padre, simpatizante del Atlético de Bilbao, y que seguía sin entender lo fuerte que le había dado al niño con el Córdoba.

Antonio iba a cumplir los quince. La adolescencia comenzaba a regalarle una incipiente pelusilla bajo la nariz, y presumía de ello. Aunque le empezaba a cambiar la voz, no dejaba de ser un mozalbete alto y desgarbado, que intentaba sacar el pescuezo y sobrevivir más mal que bien en aquella Córdoba de mitad de los sesenta.

Aquél 26 de abril de 1964 fue especialmente caluroso. Con casi 30 grados, Antonio hizo un esfuerzo por llegar al Estadio a pie, desde los pisos de Cañete, donde vivía, en la Avenida de Medina Azahara, pero, en las Tendillas, junto a la ventanilla de la Teatral, dudó entre seguir o esperar el autobús. Llevaba el dinero justo para comprarse una gaseosa y unos altramuces, pero el dolor y la inflamación le convencieron. Además, la aparición del autobús deshizo cualquier titubeo. Radio Arjosan, rezaba la publicidad. Subió. Aunque observó bastantes asientos libres, prefirió quedarse de pie, junto al cobrador, mirando la primavera por la ventanilla.
 
Claudio Marcelo, Diario de Córdoba, Calle de la Feria… Tras la parada de la Cruz del Rastro, al continuar la marcha hacia la Ribera, el autobús no gira, ¡No giraaaa!…. Del murmullo al grito, y del grito… a la nada. El impacto con el agua y la espiral de golpes y burbujas le deja atado a la vida por un hilo fino a punto de romperse. Se ahoga. Se acuerda de mamá, de papá, de mamá, de papá…, de mamá…, de pa…

            No sintió la muerte. La muerte en sí no se siente, no se sufre. Simplemente llega, para quedarse. Su espíritu emergió del corazón del autobús, y, desde el fondo del río, levitó bastantes metros, hasta alcanzar una panorámica dominante. Sin mover la cabeza, pudo mirar a su alrededor, con esos ojos de camaleón con que obsequian a las nuevas almas para que no se pierdan detalle. Allá abajo, reinaba el desconcierto, el llanto, las sirenas, el ir y venir histérico de unos y otros. Mientras, allá arriba, vio como, poco a poco, iban subiendo y reuniéndose con él uno a uno: Wenceslao, Fernando, Mariano, Ana, Luis, José, Isabel, Alfonso, Manuel y Pedro. Curioso, con Antonio, once. Un buen equipo de cordobesistas con quien compartir la eternidad.

            Observó, allá a la izquierda, tras el giro del Guadalquivir, el Estadio del Arcángel, donde tantas tardes desde pequeño había sufrido por su Córdoba, y donde, con ese añadido sadomasoquista que tiene el fútbol, tanto había disfrutado. Sin apenas esfuerzo, sólo deseándolo, se acercó. Los jugadores de los dos equipos ya estaban sobre el césped: Benegas, Simonet, Riaji, Lapetra… No los sólo los distinguía, sino que los podía casi tocar, levitaba entre ellos, pero no por estar a pie de césped perdía visibilidad sobre todas y cada una de las zonas del campo. Y entonces, alguien le llamó:

-          “Antonio, siéntate con nosotros”.

Sobre el círculo central, en una especie de amplios palcos, un nutrido grupo de personas se disponían a presenciar el partido. Y, entre ellas, Antonio vio como su abuelo Paco le hacía señas. El tabaco le había matado años atrás, pero allí estaba, con su Bisonte humeante entre los labios y su barba desaliñada. Se abrazaron fundiéndose en uno solo, y Antonio comprendió entonces que nada malo le sucedería jamás.

El partido comenzó y fueron cayendo un gol tras otro: Miralles, Vázquez, Juanín… En el campo se sabía ya lo ocurrido y los jugadores señalaban al cielo al marcar. Y sus dedos índices iban tocando uno a uno a Antonio, a su abuelo, y a esos miles de miembros de la Peña Celestial Blanquiverde que disfrutaban y aplaudían desde las mejores butacas del Estadio.
 
Y, desde ese día, hasta hoy, y hasta siempre, Antonio, su abuelo, y todos los cordobesistas del cielo se reúnen en El Arcángel los días de partido, compartiendo palco con muchos otros que, alguna vez y para siempre, formaron y formarán parte de la historia de nuestro Córdoba: Ángel Moreno, Ricardo Costa, Roque Olsen, Juancho Benegas, José Ramón García, Rafael Martínez, Juanín, Simonet, Enrique Orizaola, Ignacio Cid, y tantos y tantos otros.

Si usted se fija bien, cuando el Córdoba marca un gol, notará que, junto a los jugadores, surgen y se apagan al instante unas pequeñas luces verdes que podemos achacar al sol, a los focos, a los flashes de las cámaras o a un espejismo sin sentido. Nada de eso. Son las almas de los cordobesistas que, en el cielo, expresan su alegría.

Paco López-Cordón V.
@mushocordoba

3 comentarios:

  1. maravilloso el articulo,me ha puesto los bellos de punta,en el autobus iba el padre de mi tio,Alfonso Perez,que en paz descanse.

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  2. 50 años después, seguimos recordando aquel fatídico día. El cordobesismo es justo con quiénes dieron su vida por él. Gracias y un saludo.

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