martes, 19 de junio de 2012

Relatos en blanco, verde y sepia: Ricardo Costa


Mi padre me había contado la misma historia miles de veces, siempre con el mismo énfasis, como si hubiera ocurrido un rato antes. Con la misma pomposidad de siempre, comenzó a relatar a su nieta aquel suceso de 50 años atrás. Mi hija lo escuchaba aparentando más interés que el que realmente estaba poniendo. La reiteración era tal, que ella casi repetía en sus labios el monólogo de su abuelo, como si de un playback se tratara.

Ocurrió el 1 de abril de 1962. Mi padre viajó a Huelva, en precario, como tantos y tantos otros, a intentar vivir el ascenso de su Córdoba. Los numerosos aficionados blanquiverdes allí desplazados, escribieron una historia común; pero, además, cada uno de ellos, podría contarnos otra, particular, intransferible; menos mediática, pero mucho más humana.


 

Mi padre tuvo un día treinta y pocos años y, por aquel entonces, al final del partido, buscarle las vueltas a las fuerzas de orden público para poder acceder al vestuario visitante en el viejo Colombino, no debió ser excesivamente difícil, no por su arrojo y osadía, sino simplemente porque la bulla de aquella tarde permitía ciertas licencias. Apostado a la puerta del vestuario consiguió autógrafos de casi todos los jugadores. En la todavía España del hambre, lo de la camiseta era una utopía.

Miralles, Benegas, Juanín, Simonet... Una firma y un apretón de manos a paso ligero. Cuando mi padre hizo acopio de los autógrafos, y supuso que ya no quedaban jugadores dentro del vestuario, se dio la vuelta para marcharse, pero escuchó como unos pasos casi replicaban a los suyos. Se giró de nuevo y vio como, con andar cansino, extremadamente lento, salía del vestuario Ricardo Costa. Lo esperó y le abordó:

-          “¡Enhorabuena, Ricardo! ¿Me firmas?

El jugador, se paró ante mi padre, trató de sonreír, aunque su agotamiento se lo impidió, y, tras unos segundos, sacó un libro de su bolsa de deporte, y, sin abrirlo, lo garabateó con una firma inteligible.

-          “Toma. Te va a gustar. Cuídalo”.

Mi padre observó el regalo. Estaba forrado con una especie de papel de estraza, que no dejaba ver el título. Abriéndolo, comprobó que era un ejemplar de “El Hospital de la transfiguración”, de Stanislaw Lew. Le sonó a chino, o, en este caso, a polaco. Pero guardó celosamente su preciado obsequio en el bolsillo derecho de su chaqueta y agradeció con un fuerte apretón de manos la consideración que el jugador había tenido.

En varias ocasiones, mi padre había iniciado la lectura del libro, pero se le hacía muy cuesta arriba. Las aventuras y desventuras de un médico en un psiquiátrico perdido en medio de un bosque, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, no era precisamente un tema digerible. Pasados los años, el libro seguía ahí, impertérrito, en su estantería, fácilmente reconocible por ser el único sin leyenda en el lomo, al conservar el forro original, ese que tantas veces nos habíamos empeñado en quitar y tantas otras mi padre se había negado en rotundo “…por si se estropeaba el autógrafo…”

Pero mi hija, aquel día, interrumpió bruscamente el monólogo de mi padre, y le dijo:

-          “Abuelo, ahora que ya han pasado 50 años, podríamos ir quitándole el forro con cuidado. Lo guardas, y ya está, que la firma cada vez se ve menos”.

Y, diligente, se levantó sin esperar respuesta, cogió el libro, y comenzó a desplegar aquella protección de color indefinido que había mantenido oculta a una cubierta austera en azul marino. De pronto, de entre el forro y la tapa, un papel doblado cayó al suelo. Lo cogí y, como una ofrenda, se lo entregué de inmediato a mi padre, que, con un temblor que indicaba mitad nervios y mitad años, desplegó una amarillenta hoja arrancada de un cuaderno, y leyó:

-          “Me llamo Ricardo Costa Álvarez, y tengo 28 años. Son las cinco de la madrugada y sigo sin poder dormir. En unas horas juego el partido más importante de mi vida, pero estoy nervioso, muy nervioso. He leído que para conseguir tranquilizarme, debo escribir en un papel lo que me pasa, esconderlo y perderlo de vista para siempre. Así lo hago. 1 de abril de 1.962.”

Se hizo el silencio. Todos mirábamos el papel como hipnotizados por él. Teníamos ante nosotros el manuscrito de un jugador que dio todo por el Córdoba y que, incluso, salió a jugar en Huelva sin haber dormido.

Di vueltas a todo ello durante un par de días, y decidí hablar con José Luis Navarro, que también jugó aquel partido. Se quedó atónito, y recordó que Ricardo les había contado que, la víspera del partido, había evitado que un delincuente, a punta de navaja, robase la bicicleta de un mozalbete, reteniéndolo hasta ser detenido. El malhechor, echando maldiciones a los cuatro vientos, no dejaba de gritar:

-  “Me voy a encargar de que te quemes pronto en el infierno. Pocas velas más vas a soplar. Reza lo que sepas. Sé quién eres y me las vas a pagar.”

Para Ricardo, esa situación fue una bomba de relojería con efecto retardado, y le explotó a la hora de intentar conciliar el sueño, cuando, mezclada con la tensión de lo que le esperaba al día siguiente, veía como pasaban los minutos y las horas y, sin poder dormir, aumentaba su estado de ansiedad.

Pero, al día siguiente, Ricardo venció al miedo y al cansancio y salió a jugar aquel partido y otros 128 más en Primera con el Córdoba Club de Fútbol. Su fuerza y su honradez le hicieron ser un futbolista admirado por la afición e imprescindible para los técnicos.

Ricardo Costa falleció el 14 de mayo de 1968, a los 34 años de edad, víctima de un accidente automovilístico a pocos kilómetros de Córdoba, al regresar de Alicante. Su prematura muerte se la había anunciado unos años antes un navajero profeta, en la víspera del partido más importante de la historia de su equipo, el Córdoba Club de Fútbol.

Paco López-Cordón V.
@mushocordoba

7 comentarios:

  1. Espero me perdonéis la licencia de mezclar realidad con ficción. Me quedo, sobre todo, con el corazón de un hombre al que vi jugar en muchas ocasiones, y que dio todo por nuestro Club.

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  2. Pues al leerlo, e soltado una lágrima.

    "Pero, al día siguiente, Ricardo venció al miedo y al cansancio y salió a jugar aquel partido y otros 128 más en Primera con el Córdoba Club de Fútbol. Su fuerza y su honradez le hicieron ser un futbolista admirado por la afición e imprescindible para los técnicos.

    Ricardo Costa falleció el 14 de mayo de 1968, a los 34 años de edad, víctima de un accidente automovilístico a pocos kilómetros de Córdoba, al regresar de Alicante. Su prematura muerte se la había anunciado unos años antes un navajero profeta, en la víspera del partido más importante de la historia de su equipo, el Córdoba Club de Fútbol."

    Aquí me emocioné, bastante.

    “Me llamo Ricardo Costa Álvarez, y tengo 28 años. Son las cinco de la madrugada y sigo sin poder dormir. En unas horas juego el partido más importante de mi vida, pero estoy nervioso, muy nervioso. He leído que para conseguir tranquilizarme, debo escribir en un papel lo que me pasa, esconderlo y perderlo de vista para siempre. Así lo hago. 1 de abril de 1.962.”

    Es cómo si lo hubiese leído antes, como digo me emocioné bastante al leer tu relato.

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  3. Ricardo Costa era el tio de mi madre. Aunque no lo conoci porque murio antes de que yo naciera mi madre siempre me conto muchas historias sobre el y cuando le cuente esta seguro que le emocionara. Gracias por dedicarle tu tiempo.

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  4. Hola. Ricardo Costa era tio de mi madre, mi tio-abuelo.No lo conoci porque murio antes de que naciera pero mi madre siempre me cuenta muchas historias de el y estoy seguro de que cuando se la cuente le encantara. Gracias por dedicarle tu tiempo. Un saludo

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  5. Hola, Manolo. Encantado de que te guste la historia. Ya dije en el primer comentario que mezclaba realidad con ficción. Digamos que es un cuento con personajes reales. En cualquier caso, yo vi jugar a Ricardo, y tengo amigos que lo conocieron personalmente, y te puedo decir que, ni como futbolista ni como persona, nadie me ha hablado mal de él. Todo lo contrario. Puedes sentirte orgulloso de él.

    Espero verte pronto por aquí. Saludos. Paco.

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  6. Yo conozco a la nieta del gran Ricardo Costa ella misma me cuenta muchas historias de Ricardo Costa que sin duda me las creo porque se que son y han sido verdad

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